Una sardina sola
La-la-la sin fin
24.04.2012 //Me recomiendan que antes de empezar a escribir esta columna pida disculpas. Resulta que estar meses sin actualizar este blog no es correcto. Está mal. Muestra despreocupación y poca constancia.
Me he puesto a ello de inmediato. No me gusta que me critiquen.
Lamentablemente, mientras me encontraba en plena elaboración de mi lista de desgracias, enfermedades, accidentes y sus posteriores consecuencias, justo cuando me encontraba a medio disculpar, digamos, he caído en la cuenta de que pedir perdón por no escribir era casi más ridículo que dar las gracias!!! a quien escribe 'comentarios' (los tres signos de exclamación son esenciales en este nuevo formato de buenas maneras digitales, un envase ahorro de enorme popularidad.)
Pero, llevan razón, una cosa no quita la otra. Es cierto que han pasado algunos meses desde que escribí mi última columna y que durante este tiempo he dejado de responder algún comentario amable, aunque anónimo, de lectores bien equipados. No será por falta de cosas que contar.
Este último año he vivido el principio del fin del mundo, un proceso que tuvo su prólogo con el incendio de la industria musical, mi pequeño universo profesional (primera etapa). El fuego se extiende y las llamas que redujeron la música y su legítimo negocio a cenizas amenazan ahora a la industria del libro (Y la del hierro. Y la fabricación de suelas de cuero. Y todas las demás.) Todo se desmorona y yo no me siento cómoda hablando de menudencias cuando debería concentrarme en diseñar un plan general de rebelión y desobediencia civil para mis conciudadanos.
Vaya por delante que, en este blog, mi querido editor, me deja escribir de lo que me venga en gana, aunque reconozco que quizás esta no sea la plaza más adecuada para hablar de según qué. Sí es, creo, el lugar apropiado para hablar de palabras y música. Así que, doy media vuelta y miro qué ha pasado en estos meses. Miro y escucho.
Jordi Bianciotto hablaba hace unos meses de la extrema inanidad de la nueva música pop catalana en un artículo publicado en El Periódico titulado De la barricada al salón.
Decía así:
"En Catalunya hay una renovada escena pop para la cual componer una canción comprometida o crítica con el contexto socioeconómico es una excéntrica idea. Escamados por el ruido de pancartas y banderas de otras generaciones, Manel, Antònia Font, Els Amics de les Arts, Mishima..., no se posicionan ni ante un pelotón de fusilamiento, y poco o nada en sus canciones habla del momento de apuros que vivimos."
Leí el artículo y asentí para mis adentros: "Coi! Clar, home!". Bianciotto explica que el mensaje y las letras con contenido son el terreno de Pau Alabajos y Cesk Freixas, autores completos, que serán o no de su agrado, pero son sólidos y al menos, no viven en un paraíso de cotideanidad conyugal de cartón piedra. Qué quieren que les diga, me gusta Freixas y además me cae bien, pero predica a los conversos.
¿Cuál es el público de Mishima o Antònia Font? Objetivamente, se trata de la porción social más estafada. Son los no-tan-jóvenes que han visto como se les prometía un futuro de clase media ideal, educado en su justa medida y con todo tipo de comodidades y perks: post-universitarios medios, profesores de instituto, profesionales liberales in-the-know, padres jóvenes de niños modernos, gente que a la hora de elegir unas gafas de sol, va a la óptica más cercana (no al bazar chino) y elige unas de marca, unas wayfarer, de toda la vida, o quizás algun otro modelo nuevo caro, pero, eso sí, sin apliques dorados. (El daurat fa pijo.)
No lo entiendo. En los últimos diez años los consumidores naturales del nuevo pop en catalán viajaron a Nueva York, vieron pelis antiguas, compraron sofás Ektorp y fueron felices disfrutando del vermut dominguero. Han visto algo de mundo (o sus tiendas) y el mundo, el mismo que vieron, está reaccionando. La gente se está enfadando. ("I'm a soldier!") ¿Por qué no reaccionan? No hay nada que perder. ¿Por qué nadie se enfada un poco?
La superficialidad del nuevo pop catalán empieza a ser vergonzosa. No sé dónde está el problema, el enlace roto que me impide encontrar una explicación racional para tanta desgana.
El pop es música indulgente, per se. No tengo el menor problema con esto. Pienso en Le Mans, campeones del pop del día a día, que eran geniales, totalmente transparentes y buenos precisamente por ser así. ¿Cuál es la diferencia? Se preguntaran. Aparentemente, no hay. El pop es así. El pop es ligero.
Ya.
El problema está en que Le Mans nunca llevaron el estandarte cultural de un país entero sobre los hombros. Aquí el nuevo pop ocupa tres minutos diarios del TN Migdia y la vida profesional entera de Genís Cormand. 4rt 1a y Els Amics de les Arts SON la nueva cara de la música del país. Son nuestra apuesta cultural como nación.
Nos dicen que somos una generación perdida. No hablan del hijo del vecino. Hablan de ésta en particular, la que está en medio. La de los post-mileuristas. Y nuestra reacción, nuestra respuesta, consiste en llenar el Palau de música intrascendente.
¿Qué haremos ahora? Hemos invertido todos nuestros ahorros en una carrera desigual y nuestro caballo es un animal viejo y presumido.
Cuando el iphone se rompa (que lo hará, dentro de un par de años), los padres jóvenes no van a poder comprarse uno nuevo. Cuando se ahogue el motor de los SUVs con los que viajan al mini-música, no podrán llevarlo al mecánico. La generación de los de arriba ya está, y los de abajo encontraran un camino, pero nosotros nos quedaremos atrapados aquí en medio, con las pantallas del iphone rayadas y el coche abollado.Y la banda sonora de nuestra juventud, la música con la que nos consolaremos será una estafa en sí misma:
"Ens vam retrobar una nit d'estiu en un cicle especial de cinema francès a la fresca. El meu plan era tornar aviat però al final tot es va anar allargant i els dos vam decidir sortir de gresca. Se'ns va fer tard. Va dir: "No agafis pas el cotxe. Si vols et pots quedar, que al pis hi tinc quarto exprés per convidats". (...)Ai Jean-Luc!, ai Jean-Luc!, vull entendre-ho però no puc."
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Lágrimas veraniegas
27.06.2011 //Para disimular... ahí va un texto repescado de la sección Singersongwriter de la revista.
Habla de la gran canción de Smokey Robinson 'The tracks of my tears' y lo hace con el estilo pomposo y arrogante del que entrega a última hora.
La sección songwriters de este mes (que no es "este" mes, lector del blog) está dedicada al poeta laureado de América, Smokey Robinson que se ganó el honor dignamente, sin moverse de su sillón de vice-presidente en la Motown y sin someter su talento a la Reina de Inglaterra componiendo elegías palaciegas. Bob Dylan dijo de él que era el "poeta más grande de América", Lennon y Harrison le consideraban un genio y canciones como ésta "The track of my tears" son la prueba del budín, que al comerlo resulta ser riquísimo.
Smokey Robinson escribe como un poeta pero lo más importante es que canta como si se le fuera el alma, como si estuviera a punto de traspasar, con la energía gastada y furiosa del último ataque antes del final, la canción de un tipo que mantiene a toda costa un yo social extrovertido y empático - a costa, de hecho, de sí mismo y que, todo apunta, está cerca del fin. Sus personajes siempre andan al borde del abismo, en situaciones comprometidas y complicadas de las que es difícil salir airoso. Bien porque la situación es insosteniblemente dolorosa o porque todo apunta hacia una resolución trágica del conflicto, Smokey canta canciones de gente que parece estar a punato de implosionar.
Aquí está uno de esos temas, sobre alguien al límite, sobre un señor que está pronto a desaparecer. "The Track of my Tears" es el paradigma de las canciones sobre corazones rotos, un modelo sobre el que se construyen cien mil imitaciones de yeso a lo largo de la historia de la música popular, y que trata de explicar, como harán otras, qué ocurre cuando la pérdida se convierte en el único motivo de tu vida.
En parte, la gracia está en que la figura de la amada sea apenas perceptible, una sombra sin personalidad ni ninguna característica determinada aparte de ser, según parece, inconmovible e inhumana. No hay nada que hacer, puede que se la necesite pero el camino está barrado.
He aquí un dandy que mantiene las apariencias, lo que le ahorra sentimientos como la lástima o la desesperación y le convierte en blanco de la desdicha y la nostalgia, un sentimiento más reposado que melodramático que inspira además nuestra simpatía y cariño. Bien es sabido que un hombre triste e inmensamente atractivo. Cualquiera que haya visto uno de lejos sabrá que la ternura y el deseo que inspiran son absolutos. Ante el desamor ajeno uno se siente conmovido e impelido al abrazo y al consuelo. Por suerte, y aunque no nos gusta ver a nadie lamentándose, en el fondo, nos alegramos de no ser nosotros los que sufrimos. Es el movimiento que sostiene la música pop, somos espectadores del dolor ajeno, no protagonistas. Escuchamos canciones tristes mientras conducimos o cocinamos y eso es así porque no nos afectan demasiado, el dolor no es el nuestro. Chico, lo estás pasando mal, vamos a tomar un café y luego me voy a casa.
En este sentido, "The track of my tears" se parece mucho a "Tears of a Clown", otra de las grandes canciones de Smokey, pero por algún motivo llega más lejos y se explica mejor. A algunos nos parece incluso mejor canción, más real, más material. Cuando dice "Outside I'm masquerading, Inside my hope is fading" estamos oyendo a un hombre cuyo sufrimiento no admite más trasiegos, si la esperanza está desvaneciéndose todo apunta lo que queda por delante es un valle de lágrimas. Sin perspectiva de futuro, el corazón hecho añicos sólo puede mirar atrás y lamentarse eternamente.
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Fleet Foxes antes
28.03.2011 //Pronto a salir el disco de Fleet Foxes, recupero la entrevista de portada de diciembre del 2008. Cuesta comprender que haya pasado el tiempo así de rápido.
FLEET FOXES
Big Seattle
Publicado en GO MAG - Diciembre 2008
Creo que conozco a dos personas en Seattle que no llevan barba. Uno es prácticamenteun niño (le salen cuatro pelos en la punta de la barbilla a lo Scooby Doo y da pena verlo)y el otro sufre una dermatitis galopante y le pica la cara cuando lo intenta.Cuando piensoen Ballard, me viene a la imaginación una cuadrilla de señores altos, a los que apenas veolos ojos, con restos de crema de caffe latte en el bigote –como en el cuento de Roald Dahl.Todo el mundo la lleva, pero dudo que se trate sólo de una cuestión estética. Con el fríoque hace, hasta yo me dejaría crecer una si pudiera.
Mucho se ha dicho sobre las barbas y aspecto quejumbrosamente hippy de Fleet Foxes,particularmente en esta Europa imberbe y moderna para la que una camisa de cuadroses poco más que una reminiscencia vintage al grunge que vivieron en su adolescencia.
Por suerte, aparte de su (falta de) estilismo, de Fleet Foxes también se comenta que sonbuenos. Muy buenos, para ser más exactos. Estos debutantes son la clase de banda quete recomiendan músicos, grupos y gente de la industria. La suya es una reputación sólidabasada a partes iguales en su talento y en la aprobación de la comunidad, así como en lalarga lista de influencias respetables que esgrime la banda.Crosby, Still &Nash, Simon & Garfunkel, The Beach Boys, The Pentangle... resultainevitable mencionar a estos grupos cuando uno se enfrenta a "Fleet Foxes" (Sub Pop/Bella Union/Nuevos Medios 2008)- Y cuando las influencias de un grupo están tan a lavista, lo difícil es que el crítico no sospeche. Es pura deformación profesional.
Si a algo ha tenido que enfrentarse el quinteto de Seattle es a los prejuicios de un sector dela prensa musical embebida de sí misma y que se llena la boca con las maravillas de BertJansch y Incredible String Band y no ve más allá de sus propias narices.Claro que ante maravillas del calibre de "Blue Ridge Mountains" o la evocadora "WhiteWinter Hymnal" tal comportamiento sólo es justificable cuando a) eres de piedra o b)eres un pésimo crítico musical. Hasta la más alta de las torres de marfil es derribadapor la honestidad brutal de "He Doesn't Know Why" o la combinación de delicadezay profundidad de "Ragged Wood". Con Fleet Foxes uno no puede andarse consandeces... pese a que sea fácil intuir que contiene su colección de discos, su propuestaconvence. "TIger Mountan Peasant Song" enamora hasta al más insensible de los hombres.
El porqué habrá que buscarlo en la mezcla de ingenuidad y valentía de sus temas y en lasensación de atemporalidad que transmiten las armonías vocales de temas que bien podríansonar en la Sunday School de su congregación o en una reunión de jóvenes castores delos años cincuenta ("Red Squirrel"). Cada una de las canciones que conforma su debut esuna diminuta construcción de cinco voces a coro y mil detalles en línea, ahora un acorde demini-guitar, detrás de unos golpes de tambourine y media melodía de arpa.
Casey Westcott, artífice del sonido brillante de los teclados del disco, Christian Wargo yJ. Tillman forman parte de la aristocracia musical de la ciudad (han pasado por bandascomo Pedro the Lion, Cristal Skulls o Seldom) y otorgan a Robin Pecknold y Skye Skjelsetel pedigree que su juventud les niega. Pecknold criado en Kirkland, uno de los pueblosmás encantadores de los alrededores de la capital del estado de Washington ha crecidoa la sombra de dos hermanos mayores implicados en la escena indie de Seattle, Sean yAja (conocida periodista musical del esencial semanario Seattle Weekly) al tiempo quecurtía su talento cantando y componiendo junto con Skye en el sótano de su casa, con lacolección de vinilos de su padre a un lado y la agenda de contactos de su hermana en laotra. Retraído, raro y silencioso, el pequeño de la familia se encara con sus influencias y supasado con un misticismo adolescente encantador.
Pero no hablo con Robin hoy, hablo con Josh TIllman, uno de los cantautores mástalentosos del país que está haciendo doblete al talonear a Fleet Foxes en su gira americana.
Lo primero que comento algo horrorizada es que tengo mapaches en el jardín. 'Eso no es nada. El otro día vimos una águila posada sobre el tejado' responde.
Tiene gracia, el otro día leía que comentabais que vuestra idea de lo pastoral era más evocativa que referencial. Creo que os preguntaban por si considerabais vuestro sonido como ''rural'', pero Seattle es algo salvaje. Seattle se encuentra rodeada (por no decir invadida) de naturaleza por todas parteshasta el punto que resulta difícil que esto no termine afectando tu vida diaria. Obviamente, es parte de nuestra cultura, y entiendo que no es extraño que estoacabe afectando a nuestro sonido. Pero no tenemos mucho que ver con esta escena.Cuando dices 'rural' me suena a... no sé...
¿A sureño?
Sí. Puede ser que sea eso. Yo te diría que hacemos rock, no folk. Pero los críticostienden a incluirnos en categorías cercanas a grupos de weird folk.
Bueno, eso no es tan problemático...
La prensa en pleno ha caído rendida a vuestros pies.
No sé.
¿Cómo que no sabes?
Bueno, sí. Supongo que sí. Para Robin y Skye es su primer grupo pero algunos miembros del grupo llevamos años formando parte de la escena musical delPacific Northwest. Es extraño, porque aunque para nosotros ha sido muy intensorealmente todo ha pasado bastante rápido. Es obvio que el disco ha gustado,estamos dando muchos conciertos pero tiendo a ser algo cauteloso con estas cosas.
Sé que no os gusta hablar de las letras de las canciones...
Bueno, no nos disgusta pero creo que es mejor que cada uno las interprete a su manera. Pero, adelante, pregunta.
"He doesn't know why", "Ragged Wood" o "Blue Ridge Mountains" hablan de la familia, creo que de manera bastante explícita la de Robin. Lo que más me llama la atención es eltono, vagamente ingenuo.
Sí. Es cierto que tratan sobre la familia. Me temo que es un tema que nos afecta atodos y nos complica la vida terriblemente- y a la vez puede ser el único espacio enel que nos sintamos nosotros mismos. Es un tema complejo y creo que está tratado con gran ternura en estas canciones.
Confieso que también me encanta la idea de que prácticamente todas las canciones sean interpelaciones directas a sus hermanos. Es muy hippy y a la vez muy personal.
Deberías hablar con Robin de esto. Aunque es algo bastante universal. Yo mismo,mi familia... eh... bueno, esta no es conversación para una entrevista, creo queestoy divagando... las canciones que mencionas son muy dulces y creo que pesamás la historia familiar y los orígenes como tema que la propia relación entrehermanos –que al final actúa más bien como recurso literario que como tema. Ya sabes que es tener hermanos, es algo con lo que puede identificarse mucha gente. Pueden ser el apoyo más firme o tus enemigos más acérrimos dependiendo de las circunstancias.
Recuerdo que al oír por primera vez " English House" (incluída en el EP "Sun Giant"SubPop 2008) pensé que eráis un grupo con muchísimo potencial pero que no podía imaginar como seríais en directo.
Ya, es algo que la gente nos dice a menudo... Precisamente creo que es todo locontrario. La gente parece sorprendida al oírnos tocar, y comenta que el discogana llevado al directo. Creo que hay una parte importante de preparación detrásdel show que nos da mucha seguridad en ese aspecto pero nos entendemosmusicalmente de un modo muy especial que es lo más importante para poder firmar un buen directo, lo que verdaderamente notas como espectador, lo que hace que un concierto te parezca bueno o malo es la armonía o falta de conexión de losmúsicos en el escenario. He estado en muchas bandas y en pocas he encontradoesta sensación de comprensión mutua a nivel musical. Es un fenómeno muyintuitivo, realmente o se tiene o no se tiene. Bueno y lo pasamos muy bien tocandoy cantando en directo, seguro que eso también influye.
Las cabritas del video 'He doesn't Know Why' ...No sé cómo me pude aguantar la risa. Se nota que estoy apretando los labios. Entiendo que es una referencia a la portada de Pet Sounds. Es curioso porque habláis de influencias y discos de referencia importantísimos. Discos que la nueva generación indie empieza a descubrir ahora a través de las reediciones y cuyo peso para la crítica esprácticamente el de una losa.
Sí, es cierto que nuestras referencias son en su mayoría muy clásicas, grupos de los que se ha hablado mucho con el renacimiento del folk aunque creo que de algún modo su influencia se desvanece o pasa a ser algo más inconsciente cuando estás trabajando en una pieza determinada.
Creo que en ese sentido Phil Ek ha sido una gran elección como productor. Pocos productores son tan habilidosos encontrando el equilibro entre lo retro y lo nuevo.
Phil es genial. Trabaja como no lo hace nadie, no pierde el tiempo y tiene un instinto impresionante.
Cuando The Shins trabajaron con Phil me comentaban que era capaz de insertar luz enlos temas más oscuros... que siempre encontraba el modo de abrir una ventana en una habitación cerrada.
Creo que su mayor mérito precisamente es el de encontrar este puntode luz que casa tan bien con la oscuridad de algunos temas... como ocurre en Fleet Foxescon canciones como "White Winter Hymnal". – la mezcla es un tanto grotesca, y por ellocreo que más bella. Es verdad que las letras de Robin son a menudo muy extrañas, crípticas y si quieresincluso algo oscuras, así que cuando entran nuestras voces a veces la mezcla es unpoco extraña porque acostumbran a ser armonías muy alegres o... como decirlo, bondadosas. A mi también me gusta esta mezcla y creo que tienes razón cuando apuntas a Phil como la persona capaz de integrar dos aspectos tan diferentes en unúnico tema.
Este mezcla de belleza y grotesque ya aparece en la pieza de Bruegel de la portada. Veo queos preguntan mucho por ella.
Pues sí. Todo el mundo la menciona en las entrevistas... veo que no eres muy original... ¡Ja! ¡Ja! La verdad es que me intriga esa pintura. No termino deentenderla. No sabría decirte si es moralista o cínica. En cualquier caso, lo que está claro es que la mezcla entre lo mórbido y lo pastoral se ajusta a la idea que tengo de Fleet Foxes.
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Desafiar i explorar
23.03.2011 //En Shackleton, en Nansen, en Peary (tot i que era una mica farsant), l'Scott, el Cherry-Garrard, el Hillary una mica també, i tots els que anaven a Mongòlia, que no els conec tant com als que anaven al pol dalt o al pol baix. Tots, tots fent pinya a la foto promocional dels Antònia Font.
És magnífica!
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Neil Halstead y "Sleeping on Roads"
19.03.2011 //Sobre el disco "Sleeping on Roads" de Neil Halstead (4AD, 2002).
Es inevitable. No se puede remediar. Esta sección, el último clásico, provoca invariablemente un drama. No se crean, al principio todo parece muy fácil. El disco viene solo a la memoria, un álbum injustamente relegado al olvido o quizás, un disco menor que merece algo más de reconocimiento. A veces, como en el caso de hoy, se trata de discos que en su momento gozaron de una cierta atención, que conservan aún algo de su prestigio pero que, a todas luces, nadie recuerda. Primero, pues, llega el disco y lo que debe hacerse es escucharlo, a poder ser con algo de perspectiva y afecto.
Suena 'Seasons', una canción que el crítico conoce a la perfección. Con ella llegan a la memoria una larga retahíla de sentencias de las que hacen época. El crítico se siente satisfecho y se propone avanzar. Se sienta tranquilo, asume que será una tarde de escritura reconfortante y tiene la impresión de que nunca ha estado tan seguro de lo que tiene que contar como hoy. Las palabras se agolpan en la punta de los dedos prometiendo grandes líneas, mejores ideas y un grado de penetración inaudito. Pero, como ya he avanzado, esta sección de la revista es traidora. Está ligada, más que ninguna otra, al recuerdo y a la historia personal y la elección de un disco tiene más que ver con lo privado que con lo estrictamente musical. ¿Han oído ese ruido sordo, como de un golpe o algo así? Sí. Es su pobre crítico, que acaba de darse de bruces contra el suelo. Las palabras se largan. Y una se queda con las mejillas contra la baldosa con la sensación de haber sido estafada por sus propios recuerdos. ¿Qué pasa con 'Seasons'? ¿Qué hago tumbada en el suelo con los ojos enrojecidos? Seguro que lo comprenderán si se lo explico. Pasa que este disco, con su ola de Hokusai y el naranja histérico de su portada es el álbum que permanece siempre en el ipod, como fondo de armario emocional, el disco que siempre está ahí por que cumple una función muy determinada. Es el disco que uno debe escuchar siempre que saca la samsonite. Está es la canción que acompaña el viaje; el ritmo lento de un coche que avanza por una carretera vacía, el tren que sale de una estación donde nunca se para uno: 'Seasons' es la canción de los aeropuertos. El crítico, que ya se ha vuelto a sentar en la silla, está abrumado por la cantidad de recuerdos que le visitan. Recuerda estaciones llenas de gente, recuerda los cafés que tomó en esas estaciones.
Neil Halstead abandonó Slowdive para montar Mojave 3 y luego lo dejó todo para lanzarse al mar, para hacer surf hasta que le dolieran los brazos, para tumbarse en la arena y dormir. Este fue el disco que escribió justo entonces. Un montón de canciones hechas para acompañar el momento en que el cansancio del viajero se hace más severo. Imaginen esa parka con capucha bajo la que se escondía un músico sencillo y leído como Halstead, un inglés que parece californiano, y muévanla de un lado a otro del mapa, ahora al Norte, ahora al Sur. Se aparca la maleta en el suelo del vagón y uno se sienta. Todo se mueve lento excepto los árboles, que manchan de verde intermitente la ventana por la que se está mirando.
Los discos que empiezan con una canción que lleva una coda de minuto y medio provocan este efecto ensoñecedor... ni que los siga un tema idealmente áspero como 'Two Stones in My Pocket'. Así es la tónica del álbum: temas duros y amables, siempre un poco demasiado austeros, siempre planos, uno tras otro bajo la apariencia de un folk-pop inocente, que lo es aún más gracias a la voz suave, de recitado, casi susurro. Quizás es una de las características más sorprendentes de 'Sleeping on Roads', esa voz tan suave. Este disco se hubiera hecho de otro modo ahora, porque ya nadie canta tan bajito, ni siquiera Sam Beam. La gente grita más, da menos miedo decirlo todo en voz alta. Este álbum parece que pertenece a otra época. Lo curiosos del caso es que tampoco tiene mucho en común con lo que pasaba en 2002, . Parece más bien un disco antiguo, hecho en los días en que Steinbeck recorría EEUU con Charlie, los días en los que lo importante era el movimiento, las estaciones de servicio y las sorpresas que esperaban tras una colina (o en un restaurante de carretera o en un pedacito de mar que se abría tras esa curva.) Las camisas iban por dentro de los pantalones y ahora llevamos hoodies. Todo ha cambiado, pero en el fondo, a Halstead le da un poco igual. Este disco nos traslada a un diner del Midwest de hace sesenta años, donde la camarera nos sirve agua sucia de una cafetera de filtro mientras háblamos por teléfono móvil con los amigos que se quedaron en casa. Es cuestión de nombres y categorías. Si un clásico es intemporal, un último clásico tiene algo de otro tiempo y un poco del nuestro.
(publicado en GOMAG - Marzo 2011)
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