Cine

"Django desencadenado"

de Quentin Tarantino (EE.UU., 2012) 

Toni Junyent

De un tiempo a esta parte, sobre todo desde "Kill Bill. Volume 1" (2004), los estrenos de las películas de Quentin Tarantino han ido trascendiendo al mero hecho cinematográfico para erigirse en liturgias dionisíacas consagradas al cine de derribo, en todas sus acepciones y vertientes. Ya desde los créditos iniciales, que anuncian a viejos y nuevos ídolos, a uno le puede cierto respeto, mezclado con el temor a que esta vez la misa no surta el efecto deseado. "Malditos bastardos" (2008) pudo conmigo de mala manera: salí de la sala flotando, convencido de que aquél era el glorioso pastiche definitivo sobre la Segunda Guerra Mundial: en esa categoría particular ya no podría hacerse nada mejor. No puedo decir lo mismo de "Django desencadenado", que me dejó contento pero vacío, con la sensación de haber asistido al más rutinario de los filmes que ha rodado el cineasta de Knoxville hasta la fecha.

 

Sin embargo, quizá no estoy siendo del todo justo con una película con la que pasé un rato estupendo y que escupe con lucidez maníaca contra el pasado colonial norteamericano, describiendo la esclavitud como una práctica grotesca y aberrante, que es precisamente lo que fue. Tarantino es un dialoguista brillante, y ello queda patente en escenas tan disparatadas y geniales como la del Ku Klux Klan o casi todas en las que toma parte Stephen, el esclavo lamedor y sedicioso interpretado por un descomunal Samuel L. Jackson. Entre él, Leo DiCaprio y un adorable Christoph Waltz se meriendan al soso e impertérrito Jamie Foxx. Y eso es un problema, puesto que Foxx es el mismísimo Django, el teórico motor de este spaghetti western que tampoco es que sea demasiado atrevido en sus formas y en el que se echa de menos aquella sensación de libertad tonal y narrativa, maravillosamente canalizada, que impregnaba "Malditos bastardos". Ni siquiera la selección musical, habitualmente uno de los fuertes del director, despunta como en otras ocasiones. Siempre podemos armarnos de buena voluntad y reír en cada punchline medianamente decente, que las hay por doquier, o vitorear la sangre y los tiroteos, o fingir sorpresa cada vez que aparezca un nuevo cameo, pero yo esperaba algo más de Quentin Tarantino. No sé exactamente el qué, así que sólo me queda admitir que he fracasado como espectador. Lo siento. 

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