Cine

La máscara está rota. Esa imagen de la careta del hombre murciélago partida por la mitad, con la frente recorrida por grietas y las cuencas de los ojos vacías es la poderosa estampa con la que se retrata el último episodio de la trilogía de Christopher Nolan sobre Batman. Tal vez ese cartel, que reza "The legend ends" sea más representativo de lo que sus creadores planearon. No deja de ser significativo que una saga tan cargada de símbolos consume su final con una representación visual asociada a una figura retórica a la que le queda poco de subliminal. "El caballero oscuro: La leyenda renace" es una odisea marcada a sangre y fuego por los estandartes de la revolución y la redención, que se aleja por momentos del imaginario del cómic para acercarse a la realidad actual. Nolan ha compuesto una ópera apocalíptica, cargada de discursos y trascendencia para enmascarar una narrativa velada, y un repertorio vacío. No queda nada dentro de la máscara. Batman ha caído. Larga vida a Batman. 

"El caballero oscuro: La leyenda renace"

de Christopher Nolan (EE.UU., 2012)

Albert Fernández

La trilogía de Christopher Nolan sobre el señor de la noche se sostiene en valores inherentes a la naturaleza humana. Si "Batman begins" (2005) versaba sobre el miedo, la pérdida, y la culpa, "El caballero oscuro" (2008) atravesaba los umbrales de la conciencia, contraponiendo los polos de la moral en la figura de Harvey Dent y añadiendo un elemento de caos en la figura de ese Joker que convirtió en leyenda a Heath Ledger. Cabía esperar que el final de la saga resaltara aún más el meollo de esas diatribas éticas, profundizando en los atributos y tribulaciones del justiciero, la rotura de fronteras entre el bien y el mal, y tal vez que se aplicara el grado de insania que corresponde a la historia de un millonario disfrazado de murciélago gigante. Pero la conclusión de la saga ofrece apenas retazos de ideas. No hay profundidad, sino únicamente grandilocuencia. Si las anteriores entregas de la serie eran leves tratados de filosofía fantástica, su conclusión se queda en poco más que auto-ayuda emocional. El director se ha basado en la relevancia a los símbolos durante horas de metraje, para prescindir de ellos en el momento culminante de la historia. La ciudad de Gotham es un elemento esencial de este tercer episodio, pero el uso que se da de su colapso y derrumbamiento se queda en el apartado del espectáculo pirotécnico, dejando poco más que un esbozo de lucha de clases. El director ha conseguido desdibujar incluso los personajes más definidos de la saga, y las incorporaciones de Bane, Selina Kyle y John Blake abundan en un dramatis personae crecientemente plano y fallido. Llegados a este punto de supuesta maestría, el director debería saber prender la imaginación con verdaderas ideas, y no mediante engañosos fulmígenos. Los titulares no sirven, si no les sigue un contenido. Una revolución necesita unos cimientos, una causa. El personaje de Bane se sustenta en la retórica revolucionaria del pueblo, pero se comporta como un caudillo. Su gruesa y retumbante voz se deja oír por los mayores altavoces un momento, y entre musculosos alaridos de lucha la mayoría del tiempo. "El caballero oscuro: La leyenda renace" navega peligrosamente sobre el concepto de la moral de señores y la moral de siervos. Bruce Wayne se impone a sí mismo el juicio severo de un aristócrata moral, mientras el pueblo de Gotham, cuerpo de policía incluído, se considera poco más que víctimas, meras representaciones de la condenación del hombre. Batman, el héroe y protagonista de esta película, se muestra siempre ausente, tanto cuando está directamente interviniendo en la acción, como en los alargados pasajes de exilio, en que se siente derrotado y alienado, revolcándose en su drama y condenación, obstinado en dar ese último salto de fe que tanto adoran los americanos.

 

 

Más allá de su trasfondo de significados, el pulso narrativo del film adolece de continuas fisuras, en todas las escalas, desde el detalle de montaje en escenas concretas, a la infraestructura general de un argumento construido en bloques o escenarios, que casi en ningún momento vienen hilados por una verdadera coherencia argumental. Nolan es Bane. Como el villano del respirador aberrante, el director devasta los cimientos de Gotham y, con ellos, la base sofísitca sobre la que se soportaba su Batman. En ese estado de tierra de nadie se ha perdido toda sutileza, y lo único que cuenta es que atruene el blockbuster, que se sucedan los crecendos. Ni siquiera las preponderantes fanfarrias de Hans Zimmer nos encogen como antaño, porque ahora todo se ha vuelto ruido. La primera secuencia de la película homenajea al inicio de "El caballero oscuro", presentando al villano en una secuencia medida y espectacular. A partir de ese momento, se pierde la elegancia incluso para brindar espectáculo. Todo es tan crudo, conciso y directo aquí que, pese a apelar al primitivismo de la antitesis de Batman, acaba por dejar destemplado al espectador.

 

El gran error de este último episodio es confundir la épica con el efectismo, servir grandeza hueca en vez de fundamentos considerados. El subterfugio de frases grandilocuentes y pruebas de fe no puede esconder la ruina que dejan estos escombros. "El caballero oscuro: La leyenda renace" es un film tosco y abrupto, donde la mitología del hombre murciélago sucumbe al engranaje de un cineasta soberbio y disoluto. El Comisario Gordon repite una y otra vez que él cree en Batman. Estoy con él. Yo creo en Batman. Pero no creo en Christopher Nolan. 

 

 

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