Cine

"Moonrise Kingdom"

De Wes Anderson (EE.UU., 2012)

Philipp Engel
El corazón del cine de Wes Anderson ya tiene su lugar en el mapa: "Moonrise Kingdom", un paraíso todavía salvaje —corre el verano de 1965— en algún punto de la isla conocida como New Penzance (Nueva Inglaterra, USA). Es el Jardín del Edén al que se fugan, para vivir su amor a lo "Malas tierras" (Terrence Malick, 1973), los encantadores héroes de este nuevo cuento de Anderson, los noveles Kara Hayward y Jared Gilman, que a sus 12 añitos se perfilan como la Eva y el Adán de todos aquellos personajes que, de "Ladrón que roba a otro ladrón" (1996) a "Fantástico Sr. Fox" (2009), han sido siempre jóvenes, adultos o incluso abuelos (Gene Hackman) que se resisten a crecer, aferrados de alguna manera a la infancia. Anderson se centra aquí, por fin, en el origen de todo, el momento justo en el que aparece el amor, cuando este todavía puede vivirse como una aventura, el inicio de una Edad de la Inocencia de la que los que seguimos huyendo no queremos desprendernos.

 

Desde el minuto cero de "Moonrise Kingdom" nos encontramos en terreno conocido, decorado de casa de muñecas y paisajes de juguete, el habitual despliegue de estética retropop y la no menos habitual paleta de colores pastel iluminada por Robert D. Yeoman, director de fotografía de la casa. Bien, estamos en una película de Wes Anderson, y no hay nada más necio, dicho sea de paso, que el quejarse a estas alturas de que nuestro hombre hace siempre la misma película, porque además NO es cierto. Si bien se trata de un cineasta que mantiene el rumbo y se aferra obsesivamente a sus códigos estéticos, como sus personajes a la infancia, también es verdad que no deja de expandir su particular universo, aportando nuevos referentes —la obra de Benjamin Britten en este caso—, de forma lógica y coherente. ¿Llegará al colapso? Nos lo preguntaremos con la siguiente película, ya que por lo pronto este ha llegado para ocupar un lugar a todas luces fundamental. Tras las presentaciones y la puesta en situación, todo lo que cuenta el maravilloso tráiler, el film se adentra en un pantanoso segundo acto donde la acción, como siempre influida por el slapstik y los dibujos animados, sufre un aparente aletargamiento debido a la información, bastante o muy perturbadora, que Anderson nos suministra sobre el expediente de la pareja protagonista. Hay tinieblas en el corazón del cine de Anderson. Tras disfrutar hasta las lágrimas de la que es, con diferencia, su película más oscura, uno llega a la siguiente conclusión: los adultos son niños y los niños están locos. El círculo se ha cerrado de la forma más impoluta posible. Un diez. 

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