Cine

El detective vuelve, pero esta vez en lugar de niebla hay polución, en lugar de inyecciones hay parches de nicotina, en lugar de tratados sobre colillas hay Blackberry. "Sherlock" es un logro sin precedentes, una miniserie mayúscula que actualiza y recupera al personaje sin redundancias ni artificios de Blockbuster. La interpretación de Benedict Cumberbatch no nos hará olvidar a Jeremy Brett, pero al menos conseguirá que el mejor Sherlock Holmes de la historia sonría satisfecho desde la tumba. 

"Sherlock"

Días del futuro pasado 

Óscar Broc
Con el modelo original de Sherlock Holmes apuntalado de forma magistral por el actorazo Jeremy Brett en la serie que se emitió en el Canal ITV de 1984 a 1994, parecía imposible dibujar mejor en televisión los angulosos rasgos del detective. La interpretación del actor británico —se dice que le costó la salud mental y física, e incluso la vida— era tan perfecta y la ambientación del Londres de finales del XIX tan conseguida, que otra lectura fidedigna del mito habría sido una derrota abultada. A día de hoy, los fans más quisquillosos y pesaditos de Holmes consideramos aquellos episodios cumbres inalcanzables: todavía no se han conseguido plasmar con tanta escrupulosidad los relatos de Conan Doyle en pantalla o celuloide, ni falta que hace. Con el eslabón victoriano superado, y el "Sherlock Holmes" palomitero de Guy Ritchie como entretenidísima revisión mainstream para todos los públicos, la sensación imperante era que los cartuchos del personaje fuera de los libros se habían consumido. Ya estaba todo dicho. Por suerte, algunos no pensaban lo mismo, entre ellos Steven Moffat, artífice de la infravalorada y altamente recomendable serie "Jekyll", y Mark Gatiss, miembro del equipo de cómicos responsable de "The League of Gentlemen" (una de les mejores series británicas de los últimos lustros). Suya fue la bendita ocurrencia de trasladar la esencia de Sherlock Holmes a la actualidad y poner al investigador en las calles del Londres del siglo XXI. La ejecución de la idea, acaso la parte más complicada, les salió perfecta.

 

 

Revivir los mitos sherlockianos en la era digital era algo que sonaba muy bien, pero en la práctica resultaba un ejercicio de riesgo cuyas posibilidades de éxito parecían mínimas comparadas con las de caer en el ridículo. La única forma de salir airoso de semejante reinvención era aferrarse con disciplina de hierro a las constantes servidas por Conan Doyle. Con una fidelidad castrense. Sin faltar a uno solo de los Mandamientos que definen la imaginería del detective y que los seguidores del personaje consideramos fundamentales. Se nota que Moffat y Gatiss son profundos conocedores de la obra original, los tipos sabían perfectamente los límites que podían y no podían rebasar en una traslación al futuro de esta suerte. El logro fue que reconociéramos, en un entorno actual y sin que chirriaran las bisagras durante el traslado, todos y cada uno de los elementos literarios que hacen de Holmes un clásico. El detective vive en el 221B de Baker Street; tiene a la Señora Watson como casera; deja entrever claras pulsaciones homosexuales; se enfrenta a la sombra espectral de Moriarty —magnífica aparición del villano en el tercer episodio—; siempre utiliza el taxi —antes carruaje— para desplazarse por Londres; tiene contactos con la hampa a pie de calle; está enganchado a las drogas, concretamente a los parches de nicotina, que se aplica en el brazo cuando necesita pensar; mantiene la misma relación de amor-odio con su hermano Mycroft (interpretado, por cierto, por Mark Gatiss); presenta también los picos de personalidad extrema que nos descubrió Conan Doyle —desinterés por la raza humana, arrogancia, misoginia, cambios de humor repentinos, depresiones y estados de euforia combinados— y, por supuesto, cuenta con el apoyo de un Watson magníficamente interpretado por Martin Freeman. La esencia sin adulterar está ahí, en su estado más prístino, y lo mejor es que se macera a base de recursos modernos perfectamente fusionados con el tic-tac de los distintos misterios y el modus operandi de Sherlock Holmes, que se mueve en las calles de un Londres moderno, que no modernillo, y se apoya en las nuevas tecnologías (Blackberry, móviles, Internet, blogs, métodos forenses estilo "CSI"...) para llevar a cabo sus pesquisas.

 

 

Con tres episodios de hora y media de duración cada uno y un arco argumental de largo recorrido que se va desarrollando en paralelo a los distintos casos, "Sherlock" es la mejor lectura que se ha hecho del personaje desde los días de Jeremy Brett. Los guiones son complejos, las vertiginosas deducciones del joven detective necesitan un rebobinado para ser comprendidas al detalle, la serie tiene el punto de humor y aventura que se le exige a un producto de esta catadura, responde perfectamente a las exigencias de los seguidores de Holmes e introduce al personaje en la mente de toda una nueva generación de chavales que seguramente no conocen los libros originales. Inventos, los justos. Seriedad, mucha. Respeto por el personaje. Actualización coherente. Textos de coeficiente alto. Puesta en escena moderna. La esplendorosa Londres como tercer protagonista principal. Y un Sherlock Holmes enigmático (prodigioso Benedict Cumberbatch) y magnético, no son pocas las pericas que se pirran por el tipo, que hará temblar las convicciones heterosexuales de más de uno.

 

 

 

 

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