Cine
"The Turin horse"
de Béla Tarr (Hungría, Francia, Alemania, EE.UU., Suiza, 2011)
Confucio escribió que hay que desconfiar del equilibrio y de la estabilidad, que cuando más seguros creemos estar, más cerca nos encontramos del peligro. El cine a veces nos instala en esta sensación de confort, de películas plácidas, que nos llevan de la mano por las emociones y que escriben las críticas por nosotros. Hacía tiempo que no vivía una sacudida tan fuerte como la que tuvo lugar en la pasada Berlinale, en la proyección de la última —un término que, aquí, cobra el sentido de un punto y final— película de Béla Tarr.
"The Turin horse" comienza sobre fondo negro, con un relato en off que nos cuenta como, un día, Friedrich Nietzche salió de su residencia turinesa y, en medio de la calle, vio a un hombre golpear a un caballo. El filósofo se lanzó al cuello del animal, que permanecía quieto. Poco después, Nietzche pronunciaba unas últimas palabras —"he sido tonto"—, antes de adentrarse en un periodo de silencio que duraría hasta su muerte. A partir de este relato, escrito con deslumbrante ironía, Béla Tarr se pregunta qué pasó con el caballo, coartada que le permite asentarse en el día a día de un padre y su hija, aislados del mundo, con la única compañía de un caballo convertido en un Bartleby cinematográfico.
Tarr crea una película que comienza a andar con el hipnótico primer plano del caballo, avanzando contra el viento; se aposenta en la rutina de la familia; flirtea con el fantástico a través de un inusual acercamiento al Apocalipsis; y dibuja una desazón cósmica a partir de lo cotidiano. Dirige un filme en el que aparentemente no pasa nada y en el que, en el fondo, pasa todo. "The Turin horse" no es sólo una película: supone el legado de uno de los cineastas más importantes de finales del siglo XX. Tarr afirma que después de esta película, dejará la dirección. Quizá por eso, pone broche de oro a su filmografía con una obra con vistas al fin de los días.
Dicen por ahí que la película ya está disponible en internet. Aquellos que, sabiendo que se va a estrenar en breve, la descarguen para verla en una pantalla pequeña y digital –que no respeta la intensidad del blanco y negro y que ni siquiera entiende la importancia que adquiere, en pantalla grande, el primer plano de un caballo–, cometerán una terrible traición a la estética. Si el cine es belleza, reflexión y sensibilidad, si aún puede despertarnos las neuronas y removernos las entrañas, el cine es un caballo turinés.

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