Cine
Workaholics
Tres memos sobre el cielos
Aunque en términos deportivos, las comedias británicas le han pintado la cara a las estadounidenses en los últimos años, al otro lado del charco también pueden encontrarse productos humorísticos de calidad que van más allá del neón cegador de "Cómo conocí a vuestra madre", "The Big Bang Theory" o "Modern family". Después de haber consumido con profusión la agria leche de las sitcoms inglesas, siempre va bien rebajar los niveles de bilis y endulzarse la panza engullendo productos igualmente divertidos, pero con el sello grasiento y escatológico de la cantera yanqui (y yonqui). Tanta anglofilia no es buena: cuando menos te lo esperas, te encuentras con la casa enmoquetada, una lata de Carling en la mano y ese peinado horrible que solo le queda bien a Paul Weller. A veces, un buen fast food entre pecho y espalda reconforta, te hace bajar a la tierra, aunque luego vengan los retortijones y los fallos coronarios.
Mientras esperamos la llegada de "Wilfred" —promete ser uno de los hits underground de la temporada— y la segunda temporada de "Louie", mi monologuista suicida favorito, la seborrea televisiva americana nos ha regalado una refrescante ducha de caspa que no merece pasar desapercibida a ojos del freak. Estrenada en los USA en abril de este año después de haber causado furor en la red, "Workaholics" se ha ganado a golpe de gamberrismo canalla un puesto de honor entre la mejor basura que ofrece la cadena. La serie relata en formato histérico la penosa vida de tres deshechos sociales —un ligón patético, un idiota integral y un drogata con pinta de skater de los 70— que acaban de acceder al mundo laboral. Trabajan en una empresa de telemarketing, viven juntos en una cuadra llena de suciedad, se pasan el día sentados en el tejado liando canutos y bebiendo cerveza y, como cabía esperar, cada vez que intentan hacer algo de provecho acaban autohumillándose con los morros en la mugre.
"Workaholics" ahonda en la estupidez insana de los que no hemos sabido madurar, y lo hace en el único lenguaje que entendemos los perdedores. El humor porrero à la "Superfumados" se convierte así en el motor de una fórmula televisiva pasada de rosca y llena de gags imposibles que rozan los límites del borderline. Acampadas clandestinas en la oficina de trabajo porque están fumigando la casa; intentos absurdos de burlar el test de estupefacientes de la empresa —¡acaban comprándole orina a un niño de 12 años!—; conatos de ligue que terminan con los pobres desgraciados vejados por las chicas; noches de fiesta al más puro estilo "Resacón en las Vegas" con el hijo de la directora, un macarrilla con síndrome de down, como ilustre partenaire... Irreverencia, mal gusto, chistes ofensivos, apología de las drogas, cretinismo al cubo: todo muy bien puesto y enmarcado en una especie de cómic para fumetas que, leído bajo los efectos de ciertos hierbajos, resulta de lo más tonificante para el cerebro (o lo poco que quede de él).
Todo indica, pues, que estamos ante la respuesta de Comedy Central a la recomendabilísima "It's always sunny in Philadelphia" del canal FX. Los patrones son muy parecidos —tres adultos inmaduros que se comportan como orangutanes y tienen como único pasatiempo hacerse putadas— e incluso el tono humorístico parece prensado en la misma fábrica. De todos modos, "Workaholics" tiene cosas también de "The office" —en los pasajes laborales la sombra de Michael Scott se pasea cual fantasma— e incluso de "Robot chicken", con referencias constantes a la cultura nerd de los años 80 y 90. Eso sí, a pesar de sostenerse en un look por todos conocido y extendidísimo entre la parroquia geek, el invento engancha más que una bolsa de ositos de goma tras una ruptura sentimental. Las situaciones son de extrema gilipollez, los guiones tienen punch a pesar de su marcada línea mongui y los episodios, de apenas veinticinco minutos de duración, se consumen como si fueran M&Ms. Cuando el objetivo es reír como imbécil, no hace falta que una serie esté diseñada para hacer historia. Es la lección de humildad que nos imparte este subproducto de bajo presupuesto: con tres tipos graciosos, guiones esquizoides, dos míseras localizaciones y ninguna limitación a la hora de provocar vergüenza ajena, este título menor ha conseguido colarse en mis Ligas Mayores. ¿Adictos al trabajo? Adictos a otras cosas, amigo.

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