Libros

"El rey pálido"

De David Foster Wallace (Mondadori)

Laura Gamundí

Por resumirlo de algún modo: "El rey pálido" es una exploración del tedio en la medida en que "La broma infinita" lo era de la industria del entretenimiento. Esta aclaración, no obstante, al wallaciano auténtico le traerá sin cuidado. ¿O es que todavía no te has enterado de que en Foster Wallace el tema es lo de menos? Sólo él podía conseguir que los anodinos rituales de la administración tributaria que inundan páginas y páginas de "El rey pálido" pudieran resultar tan estimulantes como aquellos grotescos personajes que poblaban la convención porno de "Hablemos de langostas", su magnífico libro de ensayos. Sólo una mente extraordinaria como la suya podía retorcer el lenguaje con la fuerza de 500 hombres musculados hasta dejarte clavado en el sillón abrumado por su léxico virtuoso y lucidez extrema.


Poco importa que este libro póstumo sea una sucesión de situaciones más o menos ordenadas, sin un fin claro. Como explica su editor en el prólogo, todo apunta a que la intención del autor era que en realidad no pasase nunca nada. Sólo queda entregarse al poder hipnótico de sus digresiones e interminables notas al pie (marca de la casa); ese prefacio que, sin venir a cuento, aparece en la página 80 con alusiones directas al copyright, o frases del tipo "¿en qué piensas tú cuando te masturbas?", también sin venir a cuento de nada.
Al fin y al cabo vivimos en un mundo desestructurado. Y en este sentido la Agencia Tributaria parece el escenario ideal para recrear cualquier pesadilla psíquica digna de Kafka o para imaginar, incluso, qué habría pasado si Wallace hubiera dirigido un capítulo de "The office". Seguramente hubiera filmado hasta el detalle los bolígrafos perfectamente alineados del bolsillo de la camisa de algún mortecino agente tributario o el glaseado de una rosquilla abandonada en el cajón de algún escritorio, tal y como hace en "El rey pálido", un monumento de 550 páginas que es, digámoslo ya, pura psicodelia.


Tal vez, el que estemos ante el testamento literario de uno de los genios más grandes que ha dado la literatura nos lleve a borrar automáticamente las partes menos disfrutables e intencionadamente áridas para rendirnos ante la evidencia de que nunca habrá otro como él. Al igual que muchos recuerdan qué estaban haciendo al enterarse de la muerte de Lady Di, otros no podremos evitar recordar lo que nos corrió por el cuerpo al enterarnos de que ya no habría más Foster Wallace. 

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