Ambient folk

Gareth Dickson / Mike Wexler

"Quite a way away" / "Dispossession"

12K / Mexican Summer - Coop
1 Comentario


Vidal Romero
Uno de los aspectos más interesantes de Nick Drake, tal vez el que mejor da la medida de lo compleja y sutil que resultaba su música, es que (dejando de lado ciertas cuestiones de producción) sus discos suenan tan modernos hoy día como en el momento en que se publicaron. Es por esa razón que muchos artistas se han acercado a esos discos durante los últimos cuarenta años, y por lo que siguen utilizándolos como puntos de partida desde los que trenzar sus propios discursos, sin miedo a sonar anticuados o fuera de su propio tiempo. Discursos como los del inglés Gareth Dickson y el norteamericano Mike Wexler, dos músicos que se nota que han aprendido a cantar y a ensamblar sus canciones a la sombra de Drake, y que acaban de publicar dos discos vestidos de manera muy diferente, pero que en lo más profundo del hueso conservan esa fijación por la desolación y la tristeza, esa habilidad para escarbar en el lado oscuro de la naturaleza humana, que el cantautor inglés supo convertir en arte.

 

De los dos, el que menos esfuerzos realiza por esconder que se trata de un hombre bajo la influencia es Gareth Dickson, o al menos eso es lo que transmite "Quite a way away", el quinto disco de una carrera que (por lo que se puede escuchar aquí dentro) ha pasado injustamente desapercibida. Y es que Dickson se enfrenta a sus canciones con la desnudez de su voz, una guitarra acústica y un par de pedales de efectos. Una guitarra que, eso sí, toca de manera poco usual, mediante extraños acordes, complicados arpegios y un uso muy particular del silencio, y siempre siguiendo un proceso en el que (según él mismo dice) tiene mucha importancia la improvisación: sólo en el momento en que la atmósfera es la apropiada comienza nuestro hombre a cantar. Y la atmósfera sólo es apropiada cuando la superposición de figuras y efectos (sobre todo reverb y delay) consigue tejer un fondo de alto poder evocativo, en el que bullen multitud de ecos y misteriosas reverberaciones, que da a los temas ese aire entre fantasmal y liviano, de una fragilidad absoluta, que es uno de los ases que esconde Dickson en la manga. Porque el otro as es su voz: una voz que frecuenta el murmullo y que huye de los estribillos, que prefiere las formas narrativas (aunque a veces esa narración sea escueta, como sucede en "This is the kiss"), porque apoyan el carácter introvertido de unas letras que parecen diseñadas para añadir un último velo espectral al conjunto del disco. De un disco que al final resulta navegar entre el folk y el ambient (lo que explica su presencia en un sello como 12k, que hasta la fecha no había publicado música de origen no electrónico), y que siempre fija su rumbo hacia un norte emocional.

 

Frente a la espartana desnudez de "Quite a way away", el disco de Mike Wexler resulta mucho más orquestal y alucinado. Tienen en común que el segundo también fía sus canciones a la improvisación: las siete que suenan en "Dispossesion" provienen de unas dispersas sesiones de grabación, realizadas a lo largo de dos años y con ayuda de una banda mutante, en la que entraban y salían músicos habituales de la escena improv de Nueva York. Sesiones a las que Wexler acudía con un par de acordes entrelazados y una grabadora de pistas, y que más tarde ha editado hasta dar forma a esos fondos de aspecto líquido que recorren su disco de lado a lado. Fondos cuyo potencial hipnótico se incrementa después mediante la superposición de drones, teclados obsesivos y chisporroteos analógicos, hasta dar cuerpo a una música de elevado nivel entrópico, en la que apenas sobresalen su voz, quejumbrosa y tristísima, y esa extraña manera en la que toca la guitarra, abusando de acordes inventados y arpegios extravagantes. La conexión con Nick Drake, en fin, se realiza aquí por el lado más psicodélico: si el disco de Dickson es hijo de "Pink moon", entonces el de Wexler lo es de "Bryter later". Y de hecho, otros nombres que vienen a la cabeza al abismarse en esta obra de belleza insondable y tóxica son los de Robyn Hitchcok y Sonic Boom. Con el primero, comparte el gusto por la lisergia de andar por casa. Y con el segundo, la capacidad para dar forma a una música completamente abstracta, pero que se astilla con una turbadora fragilidad. Tan turbadora como ese título fascinante, "Dispossesion", que luce orgulloso en el lomo. 


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Comentarios


Anónimo
11.04.2012 // 22:28:16

Dos discos estupendos....



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