Synth-pop

Passion Pit

"Gossamer"

Columbia
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Virginia Arroyo
Desde que en 2009 irrumpieran en el panorama musical con su álbum debut, el synth-pop ha vivido grandes momentos. Y, con todo, los echábamos de menos. Aquel "Manners" nos enseñó que se podía cantar al desamor a 150 bpms y en falsete, nos descubrió a un Michael Angelakos con un olfato refinadísimo a la hora de dar con el estribillo perfecto. Todo empezó con esa especie de carta sonora a su ex novia que era "Chunk of change", con seis canciones que sentarían las bases del futuro sonido de Passion Pit: melodías memorables, histerismo vocal, samples a cascoporro, sintetizadores a mansalva y horror vacui en general. Curiosamente, de todas ellas sobrevivió hasta colarse en el LP debut la más diferente al resto: un "Sleepyhead" de tempo mucho más relajado pero aún así pistero a más no poder y con el bombo protagonizando sus escasos tres minutos, por encima incluso de la voz. El álbum, "Manners", seguía estos pasos, con bombo y purpurina por doquier, voces agudas, nostalgia agridulce y estribillos magnéticos. Y por ese camino siguen Passion Pit en su segundo trabajo, por ese que te lleva serpenteando del Technicolor al sepia, del confetti a los crisantemos, del júbilo más absoluto a la depresión más profunda.

 

Siendo así, no fueron de extrañar las declaraciones de Angelakos a Pitchfork hace un par de días, donde confesaba sufrir un desorden bipolar desde los dieciocho años que le había conducido a un par de intentos de suicidio y a una vida personal de todo menos estable. Sin ánimo de pecar de reduccionista, este hecho arroja un poco de luz sobre el origen de unos temas donde la desesperación y la exaltación van cogidas de la mano. En las composiciones firmadas por Angelakos, la oscuridad y la luz comparten protagonismo, pero no de esa manera casi humorística en que lo hacen las de los Raveonettes o las de Veronica Falls, sino con verdadera ofuscación y verdadero júbilo mezclados en las pistas de una misma canción. Las letras de todo este "Gossamer" (a excepción de un "Take a walk" donde Michael aborda de forma más o menos acertada la actual crisis económica) son de una honestidad que echa para atrás. ¿Saben cuando en la primera cita se encuentran con alguien que les confiesa que de pequeño le pegaban, que ha estado en la cárcel, que hace pis en la bañera y que es un gran admirador de Sandra Bullock? Pues algo así pasa con Michael Angelakos este disco: que es brutal y casi indecorosamente sincero, que no se guarda nada para sí mismo, que desnuda tanto su alma que es casi pornográfico. Y con todo, no sé cómo lo hace, pero se frena justo antes de llegar al terreno de la vergüenza ajena o al de la compasión. "Gossamer" no te va a gustar porque ahora entiendas mejor a su cantante ni porque sepas por lo que ha pasado, te va a enamorar por sus melodías contagiosas, por su euforia catártica, por sus coros infantiles (¡zas! en toda la boca a los que se los cuestionaron en "Little secrets"), por su synth-pop brillante, por su acertadísima incursión en el r'n'b y, claro está, por "Take a walk" y "Constant conversations". Menudos temazos. 


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