Una sardina sola

Sobre 'Worms' de Beth Orton

14.12.2012 // Manu Gonzalez

Worms era la primera canción de uno de los mejores discos de Beth Orton Comfort of Strangers. Un trabajo que hablaba precisamente de la novela de Ian McEwan del mismo título, pero también de la "kindness of strangers", de "la bondad de los extraños" que reclamaba Blanche DuBois en Un Tranvía llamado Deseo. Hablaba, por extensión, de todas las Blanche y las Caroline del mundo moderno: mujeres algo rotas, algo inocentes y, puede que también algo locas. Mujeres debilitadas por las pasiones de la carne. Mujeres, al fin y al cabo, que eran dignas de nuestra compasión y aprecio, aunque sólo fuera por si acaso, en algún momento de nuestra vida, acababamos siendo como ellas.

Worms hablaba de la cobardía y de las magulladuras que provocava el deseo y la debilidad de carácter. Todo esto valiéndose de una imagen maravillosa y ambivalente, de una frase que cuando me encuentro en presencia de un cobarde o de una medianía, me viene automáticamente a la memoria "chickens (...)got a wish bone where their backbone should've grown".

Escribo esta columna en el día de Acción de Gracias y se publicará cuando la Navidad haya tomado las calles y plazas de su municipio de residencia. Esta información que acabo de proporcionar y que, así, de buenas a primeras, parece tan irrelevante, tiene su explicación. Si algo conecta ambas celebraciones es la comida, y en particular, el ave en sí misma: pavo, pollo o gallo de corral, poco sabroso pero abundante, que se degusta con pasión en estas fechas señaladas. (Llegados a este punto, me permito sugerir a los vegetarianos que abandonen la lectura de esta columna, y que lo hagan con la conciencia tranquila puesto que tampoco van a perderse nada del otro mundo.)

 

Sobre 'Worms' de Beth Orton 

 

El 'wishbone' del que se habla en la letra de esta canción es un huesecillo que tienen muchos pájaros. Es flexible y está formado por dos clavículas unidas. El hueso de los deseos, o fúrcula, que tiene forma de horquilla, se parece a una hoja de pino. Se le llama hueso de los deseos porque la tradición manda que en Acción de Gracias o en Navidad, cuando se come un pavo, un pollo o un gallo el hueso se aparta y se deja para el final. En el espacio que deja el hueso se encuentra un trocito de carne super tierna y jugosa, posiblemente la más gustosa del ave, que acostumbra a guardarse para el final y si no se tienen maneras de separa del cartílago con los dedos. Una vez se tiene el estomago lleno y con gran ceremonia, cada uno de los miembros de la pareja (porque tienen que ser dos, si no no vale) pide un deseo. Agarran una punta del hueso cada uno y tiran hacia arriba... el que se queda con el trozo largo, gana. Ahí es nada. El deseo se cumple por obra y gracia de la fe en el santo pollo.

Es una costumbre de gente supersticiosa, de una fe barata y grasienta Pero, bienvenida sea la imagen, porque parece que la cobardía vuelve a estar de moda.

Es posible que entre el día de Acción de Gracias y la Navidad os sintáis solos. Es posible que salgais a la calle a buscar algo de compañía. Andaros con cuidado. El mundo está lleno de huesos flexibles y muy falto de columnas rectas. Tener un hueso de los deseos en lugar de espina dorsal es lamentable. Es lo que tienen las gallinas. Bichos que andan sueltos por los corrales y los bares de noche como lo hacían antaño.

En estas fechas, más que nunca, la intimidad se usa para fines poco románticos, meramente prácticos. El cinismo se reduce a pura crueldad y todo lo que resta es un pragmatismo immundo, carnal y sucio. Una bajeza inhumana que lleva estos gusanos a arrastrarse hasta tu puerta, con los ojos encendidos por la excitación, esperando a que les preguntes: ¿muslo o pechuga? 

 

 

 

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Esta columna se publicó en la sección Songwriters de la revista de Diciembre


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