Entrevistas

Crystal Castles
Oh, el drama. Hay quien no puede vivir sin él. Haciendo una evaluación optimista de la trayectoria de Crystal Castles, advertiremos enseguida que la carrera de Ethan Kath y Alice Glass es una feliz concatenación de éxitos rotundos. El dúo de Ontario acaba de firmar uno de los mejores discos del año que dejamos a las espaldas, "Crystal Castles (II)" (Fiction /Universal, 10); pero ellos no pueden evitar recogerse en un cosmos de tristezas de baja fidelidad, tensiones que estallan en conflictos y misteriosos accidentes que anulan conciertos y les roban su joven salud. 

Crystal Castles

No hay banda

Albert Fernández

Tal vez por eso noto en la boca un sabor a caliza la fría tarde de domingo en que debo encontrarme con los dos punk-ravers de Toronto, en aquella discoteca con nombre de dios olímpico donde Crystal Castles debe actuar por la noche. Desde fuera, el lugar tiene un aspecto atestado y poco recomendable. Viendo a tantos adolescentes con inercia oscura mezclarse con los verdaderos entendidos del asunto, más las huestes de trogloditas bailongos que siempre jalean y se apuntan a todo, y con la banda sonora de canciones como "Baptism" en la cabeza, se rizan sin esfuerzo ebrias imágenes de manicomios nocturnos.

 

Todo ese imaginario de agitación se esfuma cuando el mánager me lleva hasta el backstage, explicando algo sobre un accidente de Alice en un show reciente. Un pasillo hueco, y al final de él, el batería de la banda, y Ethan Kath. Silencio. Ni rastro de Alice. No hay banda. Lanzo la mano amistosamente y suelto mi nombre junto con una sonrisa gentil, y el tipo me mira totalmente ido, si es que me mira. Ethan murmura algo y se lanza como un espectro a un breve pasillo por el que gira hasta que llegamos a una pequeña estancia con irremediable aspecto de película de David Lynch.

 

Ante la disposición de los cuatro pequeños sofás kitsch, dos enfrentados y otros dos, entremedio, contiguos, titubeo y le pregunto a mi mudo compañero como nos sentamos. Sufridamente señala a los dos del medio y, apenas gesticulando responde: "ahí, uno al lado del otro". Entonces se sienta, y unos eternos segundos después de que le pregunte qué está pasando y por el estado de Alice, Ethan comienza a lamentarse con la mirada clavada en el suelo. "Alice está herida. No puede caminar. No puede moverse. Tuvo un accidente. Quisimos parar unos días para que se recuperara, pero ha sido incluso peor. Ahora está muy dolorida, estirada en una habitación aquí al lado. No sé lo que va a pasar, ni siquiera sé qué hacemos aquí, no deberíamos estar aquí, deberíamos anularlo todo. Probablemente tendré que improvisar un set de dj, porque Alice no va a poder salir al escenario".

 

Crystal Castles

 

Imagino que no hace falta que os explique que una hora más tarde Alice estaría sobre el escenario, aullando con todas sus fuerzas y dando saltos de punta a punta de la pista, sublevando a las masas entre luces cegadoras y enormes decibelios. Oh, el drama. Mucho tiempo después de hablar misteriosamente sobre lo sucedido con Alice, intento sacar a Ethan de su trance de quejas dolorosas, comentando los estados de ánimo que procura la música de Crystal Castles, de cómo se puede volver algo tan alocado y hedonista cuando se comparte bajo el techo de una discoteca, o procurar grandes dosis de solitaria ansiedad cuando es uno solo quien se enfrenta a esos universos sonoros.

 

La verdad es que ni siquiera importa mucho lo que le pregunte, porque él sigue a lo suyo, bajo su capucha. "Cada experiencia se puede dividir en dos partes. Puedes ver la vida como una manera de conectar con la gente. Yo considero la existencia como un proceso caótico. A veces hay accidentes, la gente resulta herida, emerge sangre. Con nuestra música, puedo ver vómitos en escena y escenas disparatadas. La otra manera es escuchar el disco solo en casa. Es música para aislarse, lóbrega y solitaria". Teniendo claro que Ethan no va a parar su marcha mortecina, trato de entender la vida que lleva la banda. Casi peor. "Nosotros ya no podemos hacer ni eso, escuchar un disco en casa, por ejemplo. Ya no tenemos casa, no sabríamos a qué llamarle hogar. Simplemente viajamos de un sitio a otro, tocamos y nos vamos".

 

Puede que esa sea una poderosa razón para que el segundo disco de Crystal Castles se grabe en diversas ubicaciones, como un garaje abandonado en Detroit, una iglesia de Islandia, una cabina de construcción propia al norte de Ontario o el estudio de Paul Epworth en Londres. "No hay ninguna intención estética en ese vagabundeo de las grabaciones. La geografía no tiene nada que ver con nuestra música, porque vayamos donde vayamos, trataremos de buscar la habitación más aislada y vacía del lugar. Lo único importante es el aislamiento".

 

Tanta distante elocuencia, y la incómoda estática que hace un rato me erizaba los pelos de la nuca, me lleva a concluir nuestra agraviada charla apelando al buen recuerdo de la colaboración con Robert Smith para el single "Not in love". "Él quería colaborar con nosotros a toda costa, así que pensamos en ser egoístas y grabar algo de nuestro antojo. En esa canción, yo canto a través de un vocoder, así que pensamos en humanizarla. Cuando llegaron los archivos con la pista de Robert, no nos lo podíamos creer. Mientras escuchaba su voz sobre mi música, me estremecía recordando cuando era pequeño y me ponía casetes de The Cure, a oscuras en mi cuarto, hasta quedarme dormido".


www.myspace.com/crystalcastles 

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