Entrevistas
Nacho Vegas
De batallas, huidas y dilemas
Una persona cercana a ambos me dijo una vez que si la vida no fuera extraña no existirían las canciones: "Todavía a veces me deja perplejo pensar que alguien compre tu disco, lo considere importante y quiera ir a un concierto tuyo. Te levantas a veces y dices ¿qué derecho tengo yo a estar aquí?" Y razón no le falta: es un privilegio. Es este un disco que parte de un lenguaje más llano y accesible, que desprende serenidad: "Habla de cuando algo parece muy normal y crees que las cosas son muy seguras y están muy sólidas, y de repente se te pueden ir a abajo de un día para otro y te quedas con cara de tonto. Creo que sí, son canciones más cercanas".
Una zona sucia es ese lugar turbio y embrutecido (como en la Fórmula 1) pero que tampoco ayuda a crear canciones. Aunque éstas surjan de allí, son tan sólo preguntas que llevan a más preguntas. Como un bucle infinito, la respuesta tarda siempre en llegar. "Salen de la zona sucia pero no acaban despejando nada, una canción te lleva a otra, son como preguntas que no te llevan a respuestas sino a nuevas preguntas, es un poco lo que me pasa a mí con las canciones: son necesarias pero no útiles".
Eso me recuerda una frase que decía Vila-matas, que la literatura –y digo yo, los discos– acaso no curan, pero dan sentido a la vida: "Sí, claro, la frase es muy buena. Es verdad que los discos y las canciones no curan, a mí no me sirven como terapia para nada, pero las percibes como algo necesario y un testimonio de las cosas que sientes como importantes y que dirigen un poco tu vida y le dan sentido". Por eso las historias aquí son recurrentes: mismo tema, diferentes enfoques. "Al final en los discos estás dando vueltas a lo mismo todo el tiempo". Sin tener sensación de repetirse sino de reinterpretar, una voluntad muy propia del arte: "Hacer canciones es no quedarte con lo que ves sino atravesar un poco con la mirada esas cosas que te pasan y las sientes como importantes".
Raymond Queneau habla en "El vuelo de Ícaro" de un personaje que, al llevar quince páginas formando parte de su propio libro, decide escapar de este, alzar el vuelo y abandonarlo... Como Ícaro, Nacho huye a través de sus melodías, pero tan sólo para tomar perspectiva de uno mismo: "Es toda una batalla, tienes que contar con días de mucho bajón, otros de subidón exagerado y hacer una media de todo eso. También he tenido la sensación de querer dejarlo todo, echar a volar para desaparecer a algún sitio muy lejos y olvidarme de todo esto de hacer discos y canciones. Aprendes a esperar y dejarlo reposar un poco y al día siguiente te cambia la mirada. Es parte de este oficio, la inseguridad y la sensación de querer escapar un poco de ti mismo".
Pues repasemos algunas de esas vías de escape emocionales aquí presentes. Por ejemplo, los contrastes creados por los coros infantiles en "Perplejidad" y "Lo que comen las brujas" como ya hizo en "Michi Panero" o en el EP "Esto no es una salida": "Escuché mucho a Dead Man's Bones y es exactamente eso, la mirada un poco limpia de los niños en contrapunto con la mirada un poco contaminada de los adultos. Esos contrastes me gustan, la música popular se nutre de sentimientos encontrados". "Taberneros", una de las canciones clave, sigue esa filosofía popular en lo musical: "Surgió de una melodía tradicional asturiana que era para "Lucas 15" pero se fue retorciendo y se convirtió en canción de mi repertorio. Estoy de acuerdo contigo en que vertebra el disco".
¿Se sentirá Nacho precursor de que el indie actual abrace más lo tradicional que antaño? "No creo que tenga ninguna responsabilidad, fue un proceso natural que pasó con gente de mi generación que pecamos en exceso de anglofilia". Destacada es también "Cosas que no hay que contar", canción casi perfecta gracias al ritmo vodevil que imponen los teclados de Abraham Boba –"Me siento muy afortunado de tener la banda que tengo, son parte activa a la hora de aportar"– y a una letra que alude a lo que no se cuenta, a menudo lo más verdadero: "Precisamente por no estar a la luz las cosas conservan esa verdad y, si no las cuentas, es porque temes algo, siempre se teme a las cosas más verdaderas".
Si nos hemos topado ante su disco sentimentalmente más accesible acaso sea también por temas como "Reloj sin agujas" inspirada en el libro de Carson McCullers por cuyas páginas, como por la canción, planea el fantasma de la soledad: "La soledad está bastante presente en el disco en esas dos vertientes: la elegida y la impuesta y menos habitable. Hablo un poco de cuando te pasan cosas fuertes y al final te das cuenta que estás tú solo frente a ellas. Pero cuando esa soledad se vuelve algo negativo yo creo que realmente necesitas a la gente. Creo en las relaciones sociales y creo que la única manera de curar las heridas es apoyándote en otra gente, en gente que te quiera y a la que quieras... y eso que acaba de sonar un poco sensiblero está en el disco".
Comentarios
22.11.2012 // 17:06:06
que arte, para mi, hay arte, pero bue... la gente escucha biisbal..0_0


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