Entrevistas
Oval
Genética de artesano
Una de las escasas epifanías musicales que recuerdo con claridad se produjo a mediados de los noventa, la primera vez que escuché un disco de Oval. El propietario de una tienda de discos puso el disco en el equipo y bastaron un par de temas para que quedara abducido por una música que era tan extraña como hermosa, que fundía todo tipo de detritos sonoros con una curiosa sensibilidad pop. Aquel disco, de diseño minimalista y título impenetrable, "Systemisch" (94), no duró mucho en manos del tendero: esa misma noche ya sonaba en mi habitación, y siguió sonando durante semanas, hasta el punto de que mi madre llegó a preguntar si me había dado cuenta de que estaba escuchando un compacto que se había rayado. Pobre mujer, mi contestación de que no, de que aquello estaba hecho así a propósito, y que además era muy bonito, debió cohibirla tanto que nunca más volvió a realizar comentarios acerca de lo que sonaba detrás de mi puerta.
"Me alegra mucho que me cuentes esta historia", confiesa Markus Popp al otro lado del teléfono, "porque una de mis grandes frustraciones ha sido siempre cómo ha malinterpretado la mayoría de la gente mis discos". Y es que para él, la música electrónica nunca fue un objetivo interesante, "de hecho siempre he sido bastante escéptico acerca del futuro y las posibilidades de la electrónica. A mí me gustan cosas más convencionales. Y de hecho, considero que la mía es la música de un cantautor; un cantautor que en vez de su voz y una guitarra utiliza otros recursos. Necesito ser contemporáneo, y la manera de conseguirlo pasa necesariamente por utilizar una tecnología avanzada".
UNA MÚSICA NUEVA
"Crecí imaginando la música que podría llegar a hacer", recuerda Popp, "pero nunca puse medios para convertir en realidad lo que sonaba en mi cabeza. No aprendí a tocar ningún instrumento ni tomé clases de composición, era sólo un deseo abstracto" que, con la aparición de los ordenadores, se hizo realidad. "Los sintetizadores no me convencían, me daba la sensación de que eran aparatos muy limitados y reconocibles, y yo tenía muy claro que la única manera de ser diferente pasaba por generar sonidos propios. Y por otro lado, los samplers eran demasiado caros para mí, así que los ordenadores se revelaron como la herramienta perfecta para trabajar con el sonido. Compré uno y comencé a pensar en cómo podría utilizarlo para conseguir algo que fuera inesperado", y terminó por descubrir que podía utilizar pequeños fragmentos, extraídos de los discos de otros artistas, "para construir bloques con los que escribir mi propia música. Desde ese punto de vista, me considero más un organizador de sonidos que otra cosa: mis canciones consisten en cambiar partes de sitio, en mezclar elementos de distinta procedencia. Un proceso en el que, paradójicamente, aparece una música completamente nueva".
El primer disco de Oval, "Wohnton" (93), constituye una muestra perfecta de cómo se desarrolló esa búsqueda. Se suele considerar una pieza menor porque los sonidos que aparecen son todavía poco complejos, las estructuras de los temas son muy evidentes y hasta existe un tipo que canta (por entonces había dos músicos más en la banda, Frank Metzger y Sebastian Oschatz). Pero revisándolo desde la distancia, resulta muy revelador en tanto que permite reconocer esa voluntad pop de la que habla su autor. Una voluntad que aparece más difuminada en sus entregas posteriores: el citado "Systemisch", "94diskont" (95) y "Dok" (96), tres discos que le llevarían al olimpo de la música experimental, "otro género que nunca me ha interesado", muy a su pesar. "Mi intención siempre fue hacer canciones pop", insiste, "canciones que resultaran accesibles, pero que al mismo tiempo obligaran a la gente a cambiar la perspectiva. Por eso, aunque la base fueran bloques de sonido, cada vez más manipulados, las estructuras que empleaba para organizarlas estaban tomadas del pop, eran completamente clásicas".
ALTA TECNOLOGÍA
Coincidiendo con el cambio de milenio, Popp notó que sus entornos creativo y personal se revolucionaban. "De repente, se produjo un salto tecnológico brutal en el mundo de los ordenadores, así que cambiaron mi equipo y el software que utilizaba. Pero al mismo tiempo se produjo también un cambio en el mundo, la mentalidad del público evolucionó también de manera muy veloz hacia lugares más oscuros, y de alguna manera me contaminé de ese nuevo espíritu". Hasta entonces, nuestro hombre había situado el acento de su música "en los aspectos emocionales. No tenía control sobre los bloques de sonido que utilizaba, pero me gustaba encajarlos entre sí de una manera intuitiva, como si fuera un navegador que moviera las aguas de la música". Sin embargo, y a partir del EP "Szenariodisk" (99) su música se hizo más compleja y obsesiva, lo que dio lugar a dos discos de una densidad asfixiante: "Ovalprocess" (00) y "Ovalcommers" (01).
"A un nivel creativo no hubo demasiados cambios", prosigue Popp. "Seguía trabajando sólo con ordenadores, la atmósfera y el sentimiento que quería transmitir eran los mismos. Pero todo se hizo más complicado y puntilloso. Los de esa época son los discos más tecnológicos que he grabado nunca, discos en los que las capas se multiplicaban hasta el infinito y en el que cada sonido se manipulaba de manera obsesiva: podía realizar sesenta o setenta variaciones de cada una de las partículas que daban forma a una canción y al final sólo utilizaba una; cambios que incluían estrategias esotéricas y plugins extrañísimos. Multiplica eso por los cientos de esas partículas que necesitaba para un sólo tema, y comprenderás lo enfermizo que resultaba todo".
LA TRAVESÍA EN EL DESIERTO
Después de la publicación de "So" (03), único disco de un proyecto del mismo nombre, producido junto a la japonesa Eriko Toyoda, Popp desapareció casi por completo de la vida pública: daba algún concierto de vez en cuando, es cierto, pero los comentarios habituales eran que ya no producía. La realidad, sin embargo, es que después de completar "Ovalcommers" comenzó a pensar que "había llegado demasiado lejos. Me sentía exhausto y necesitaba cambiar todo a mi alrededor para seguir evolucionando. Y no me refiero sólo al equipo, sino también a la manera en la que estaba acostumbrado a producir". Una auténtica travesía por el desierto, que se ha alargado durante siete años en los que "nunca he dejado de trabajar, ni de insistir en mis ideas acerca del contenido de mis canciones. Utilizo nuevas herramientas, pero el resultado sigue siendo melancólico y emocional".
Para mi sorpresa, Popp confiesa que esas nuevas herramientas son instrumentos reales. "No es que los toque exactamente", aclara, "sino que utilizo sus sonidos a un nivel elemental: he dejado de dar forma a mis temas a partir de trozos de canciones escritas por otros para pasar a utilizar sonidos generados por instrumentos de manera natural". Un cambio que le ha obligado a "estudiar música", aunque siempre desde una óptica particular. "He aprendido a escuchar los discos que me gustan de otra manera", explica, "diferenciando los distintos instrumentos y aprendiendo qué es lo que me gusta de cada uno; cuáles son las emociones que me transmiten y por qué motivo, para poder fabricar después esas mismas emociones".
Fruto de esa nueva perspectiva son sus dos brillantísimas entregas de 2010: el maxi "Oh" y el doble "O", dos discos compuestos por multitud de pequeñas piezas (pocas superan los dos minutos y muchas se quedan por debajo de uno) en las que su autor está más cerca que nunca del post-rock: estructuras líquidas, melodías en estado puro, guitarras, cuerdas y ritmos de batería. Toda una revolución a nivel de sonido, que volvía a situar a Oval varios pasos por delante de todos sus imitadores, y que llegaba tras muchas dudas y vacilaciones. "En 2007 ya había integrado cuerdas en mis canciones, y de hecho llegué a tener un disco terminado, con fecha de publicación. Pero al final decidí no sacarlo porque no me terminaba de convencer. Notaba que le faltaba algo, y ese algo eran las baterías", un instrumento que, poca broma, le costó casi tres años "aprender a utilizar. Ten en cuenta que yo nunca había utilizado ritmos en mis canciones, que siempre había trabajado sin dar importancia al ritmo. Cambiar ese punto de vista era la última barrera que debía superar".
MANIFIESTO
El disco que Oval publica ahora, "OvalDNA" (Shitkatapult, 11), no es una continuación de "O", sino una recopilación con una triple finalidad. Por un lado, intenta solucionar algunas cuentas con el pasado, recomponiendo todos los episodios de su carrera dentro de un único hilo narrativo. "Contiene música realizada a lo largo de 17 años", explica, "pero en el fondo se trata de un volumen que se puede escuchar como si fuera un disco coherente. Y eso es porque los temas fundamentales de mis canciones no han cambiado". Por otro lado, quiere funcionar "como un regalo para mis seguidores de siempre. Por eso, en vez de material conocido, todas las canciones que contiene son inéditos o rarezas: los extras que incluían las ediciones japonesas, cosas de recopilaciones o algunos descartes. Incluso hay ocho pistas de ese disco que nunca se llegó a publicar".
Y por último, y de ahí el nombre escogido, se trata de una especia de manual de instrucciones acerca de cómo se fabrica un tema de Oval. "Para mí resulta importante ser capaz de explicar cómo hago lo que hago. Nunca he pretendido ser una persona misteriosa, aunque la gente suela verme de esa manera", y la mejor forma de eliminar ese velo pasaba por mostrar el origen más íntimo de su música en un DVD de datos que contiene más de dos mil de las muestras de sonido originales que forman parte de sus canciones. "Se trata de un manifiesto con espíritu 'open source', una librería con sonidos recopilados desde la época de 'Szenariodisk' (antes de eso, desafortunadamente, no he podido recuperar nada) y un software específico para que cualquiera pueda utilizarlos en canciones nuevas". Eso sí, el software "no es el programa que yo utilizo; me temo que soy bastante más convencional en ese aspecto. Pero sí refleja mi idea acerca de lo que debería ser un secuenciador, un diseño realizado para que lo pueda utilizar cualquiera, el secuenciador que me hubiera gustado tener cuando empecé a hacer música". Es decir, una manera estupenda de avivar posibles vocaciones como la suya, y de eliminar malentendidos clásicos alrededor de su trabajo.
Y es que nuestro hombre no ha llegado a entender nunca "que la gente de los clicks'n'cuts me cite como influencia. Lo que ellos hacían era algo totalmente diferente, mucho más basado en el ritmo y en la transformación de patrones de la música de baile. Para mí, la mayoría de aquellos artistas parecían aburridos y poco interesantes, me resultaba imposible diferenciarlos entre sí". Y lo mismo le sucede con la música experimental. "Admiro a esa gente que es capaz de elaborar piezas de 45 minutos en las que simplemente se dejan ir, persiguiendo algún concepto esotérico. Pero también creo que se publica demasiada música de esas características en la que no sucede nada, en la que todo son derivas innecesarias y excusas intelectuales. Por eso siempre he hecho pop: por eso mis canciones son cortas y le doy tanta importancia a las melodías. Además", remata, "no soy una persona muy hábil para la tecnología. Mis discos son más bien como trabajos en 'stop motion', piezas construidas a partir de infinidad de pequeños pasos, en las que el detalle tiene muchísima importancia. De hecho, ahora que trabajo manipulando instrumentos y objetos, todo lo que creo tiene un origen manual, y el resultado es que me siento mucho más cerca de un artesano que de un programador".


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