Reportajes
Crónica Sónar de Día. Viernes 15 de junio
Trevor Jackson, Nightwave, John Talabot, Mouse On Mars... Albert Fernández te lo cuenta
El mediodía del viernes evidenciaba que la asistencia del Sónar 2012 era un verdadero éxito, en cantidad y calidad. La cálida respuesta que se le habia dispensado al brasileño Zé Rolê, el genio tras Psilosamples, mientras dispensaba sus samples de música tradicional, fue la primera prueba de que este año la gente iba a darlo todo, tuviera lo que tuviera delante.
Sin duda, a la hora en que Nightwave sacudía con sus ondas de grime el Dôme, su carpa se convirtió en un verdadero patio. Ella bailaba y disponía indecisa sus capas de rap y beats, pero la plasmación sonora de sus movimientos no ofrecía ninguna duda: bajos incontenibles, subidas y bajadas bien hilvanadas, la fuente de todos los sudores.
Algo más tarde, tras las cortinas del Hall se respiraba una atmósfera recargada y siniestra. El crescendo de redobles y estática agresiva de Supersilent feat John Paul Jones adquiría cada vez más músculo, pero le costó tanto alcanzar el vuelo, que para cuando la experimental banda de noruegos, más el bajo de diez cuerdas del mítico músico de Led Zeppelin, quisieron desatarse con un despliegue de free-jazz feroz, sin márgenes, muchos habían regresado a los escenarios con cielo del CCCB.
En el Village, Austra aparecían destinadas a ser una de las sensaciones del día. Katie Stelmanis apareció entusiasta y desinhibida, acompañada por dos estrafalarias coristas que se movían de forma indeciblemente... suelta; absurda; freak; ¿divertida? Detrás de Katie y sus florecillas, se lanzaban bases a las que acompañaban con sencillez un teclista y un guitarra. Pero era al fondo del escenario donde se escondía aquello que más preponderaba: el bombo y los platos de Maya Postepski, quien, como muchos preveíamos, no había comparecido junto a Robert Alfons en la actuación de Trust del jueves. Con todo, después de dos canciones, la masa tuvo que pedir a gritos y gestos que subieran el volumen de las voces y la mezcla, y ahí sí se consiguieron algunos buenos botes, versos agudos y pop sugerente. Aquello fue divertido.
Sin tantas ganas de jugar tras su actuación del día anterior, Flying Lotus acabaron por ponerse retóricos en el Dôme, dando una cera de beats ensimismados que fácilmente podían dejar de escucharse entre los alaridos de la gente. También fue una verdadera lástima que Daniel Miller, el jefe de Mute Records, se pasara de obvio y arriesgara menos que Trappatoni. Su sesión de techno a la defensiva se basaba en alineaciones y cambios tácticos conservadores, pero entretuvo al personal en el tiempo que quedaba para la que sería una de las mejores actuaciones del día.
Mouse On Mars convirtieron el SónarHall en un Nostromo tomado, una nave espacial amenazadora y atronante, con un inicio épico y rockero, donde el batería pautaba una marcha dura y dolida, y los legendarios Jan St. Werner y Andi Toma se perdían en una nube de humo y proyecciones vintage, en blancos y negros. Los alemanes comenzaron por desgranar las piezas de su más reciente obra, "Parastrophics", para poco a poco avanzar en su viaje al pasado. En tan envolvente circulación de sintetizadores, guitarras y baterías, el trío logró dar con verdaderos momentos de algidez hipnótica, mientras por la rampa de acceso se iban colando ríadas de público alucinado. Costó salir del Hall con esa excitación y extrañamiento adherida a las orejas, subiendo y bajando escaleras atestadas, accediendo a ascensores que te llevaban a fiestas privadas donde se te recibía con consignas misteriosas ("¿quiénes sois? Os he llamado yo"), antes siquiera de que acertaras a pulsar el botón de tu piso.
Afuera esperaba el canadiense Jacques Greene, quien desarrolló con extremo cuidado su ideario de house y R&B ante la indolencia de la mesa de sonido y un gentío ya del todo suelto y alterado. Pronto se volvió a sentir la urgencia, pues la gran preocupacion de la última hora era conseguir una baldosa libre para ver a John Talabot. Casi nadie se lo perdió en el Primavera Sound, y nadie quería perdérselo aquí. Era el juego definitivo, dar los tres saltos correctos sobre la rayuela en el suelo, sentir bien adentro esos beats que decoran magistralmente "ƒin", presenciar el diseño magistral de Talabot junto a Pional y, de alguna manera, dar con el paso definitivo para llegar al ghetto de Nina Kraviz.
Y fue como tenía que ser: hondo y sentido John Talabot, superficial y aséptica Nina Kraviz. La rusa de porcelana subió al escenario del Dôme sabiendo que lo único que podía salvar era su cara. Confesó que aquel era su cuarto live mientras se mostraba trémula y nerviosa. Después fue subiendo las pistas desde su equipo con creciente acierto y volumen, y no dejó de posar un solo segundo. Cantó, y bien, pero apenas. Nina sabía que lo único que podía dejar para el recuerdo de su viernes en el Sónar era una buena foto, y se entregó a ella entre contoneos y caras seductoras, mientras el sol comenzaba a declinar y las huestes de fans aullaban protestando por el final del día; el final del juego.
Comentarios
18.06.2012 // 08:47:00
Lo de Mouse on Mars fue electrónica de trazo grueso que no iba a ningún sitio. Más criterio, por favor. se subieron al carro festivalero con una batería que no aportaba nada y sin las melodías intrincadas que se descubrían en sus primeros discos. Lo dicho, un auténtico BLUFF!
20.06.2012 // 14:44:38
Más de TU criterio, querrás decir. ¿El criterio es algo unívoco, o cada persona tiene el suyo?
Tú has leído una crónica escrita por una persona, con el criterio de esa persona.
Si no te gustó el set ni las formas de Mouse On Mars, enhorabuena. Pero tampoco es como para salir sin camiseta a la calle.





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